Umbrales de la Resistencia de Irán: ¿Qué nos dice la experiencia histórica?

Cuando la agresión estadounidense-israelí contra Irán comenzó la mañana del sábado 28 de febrero, la apuesta era similar en principio a la Guerra de los 12 días, pero no en escala. La creencia estadounidense basada en que una segunda ronda de ataques contra los líderes, en un marco más amplio que incluyera al Líder Supremo, podría causar una confusión mayor a la ocurrida en junio de 2025, especialmente si coincidía con un intento coordinado de generar caos interno. La rápida respuesta iraní demostró la ejecución de un plan previamente trazado y acordado, incluso después del martirio del líder de la Revolución Islámica. Esto significa que el banco de objetivos estaba predefinido y el plan de respuesta, consensuado. También implica que los arreglos para los nombramientos y la sustitución de líderes se llevaron a cabo simultáneamente con el ataque a la entidad ocupante y a las bases militares estadounidenses en la región. En junio de 2025, Irán respondió a la primera fase de la guerra de manera secuencial, no simultánea. Es decir, dedicó casi todo el primer día a controlar los actos terroristas, como el lanzamiento de drones en el interior, y a realizar los nombramientos necesarios para los nuevos liderazgos. Posteriormente, recuperó el impulso por la tarde para responder a «Israel». Esta vez, el plan de respuesta operó de forma simultánea, lo que significa que los efectos del elemento sorpresa quedaron enterrados en junio de 2025. Esta ronda de la guerra se desarrolló sobre la base de las lecciones aprendidas de la anterior: Se debe evitar la simultaneidad entre la agresión externa y la instigación de disturbios y violencia armada interna. Por ello, la movilización de las masas popularespro-gubernamentales y las fuerzas Basij constituyó la primera línea de defensa para impedir esta simultaneidad, y la minoría dispuesta a actuar retrocedió ante esta presencia masiva. Según las estimaciones del exoficial de la Marina estadounidense, Scott Ritter, el ataque con drones desde el interior del territorio, ocurrido durante la guerra de 2025, requirió 10 años de preparación. De ahí el enfoque estadounidense e israelí en la violencia armada interna y el caos, lo cual fue probado antes de la guerra en Irán. Recientemente se anunció el Consejo de Liderazgo Provisional, y parece que esta medida tiene sus raíces en la guerra pasada de 2025. De ello se desprende la participación del clérigo Arafi y su considerable probabilidad de ser el próximo Líder Supremo de Irán, lo que desmiente los rumores que circulaban sobre la preparación de Mojtaba Khamenei para este puesto, a pesar de su activa presencia en las instituciones estatales. Retrospectivamente, la Revolución Islámica surgió en el apogeo de la Guerra Fría, y la pérdida del Shah significó mucho para Washington. Por lo tanto, la Revolución fue objeto de un ataque multifacético y temprano tan pronto como triunfó: Los intentos de la contrarrevolución y de instigar un golpe militar contra ella continuaron durante meses después de la caída del Shah. William Sullivan, el último embajador de EE. UU. en Irán antes de la Revolución, relata sus acaloradas conversaciones con Carter y Brzezinski, y afirmó que el «niño mimado» y el «lobo arrogante» desconocían la inviabilidad de tal paso. El intento de perturbar los entendimientos internos iraníes entre las diferentes corrientes políticas que se unieron para derrocar al Shah, pero que no se pusieron de acuerdo sobre la fase posterior, hizo que los entendimientos internos iraníes frustraran los intentos estadounidenses. Una amplia campaña de asesinatos de figuras clave de la Revolución Islámica después del derrocamiento del Shah, incluyendo la poderosa figura de Mohammad Beheshti, y el intento de asesinato del propio Sayyed Khamenei. El aliento de Estados Unidos a una guerra iraquí contra Irán, a pesar de las promesas de Saddam Hussein a Ibrahim Yazdi de no iniciar ninguna guerra. Tras el fracaso de la apuesta por el momento decisivo una vez más, la agresión contra Irán sigue un camino forzoso de desgaste, entre dos apuestas y dos umbrales de dolor. Estados Unidos e Israel intentan: 1.- Crear caos interno, con una mezcla de protestas durante la guerra, o de organizaciones terroristas que aprovechan el momento de distracción, especialmente en las periferias, y desorganizan a las fuerzas de seguridad y la policía. No es de extrañar la constante repetición de los llamamientos de Netanyahu y Trump al pueblo iraní para que actúe contra el régimen. 2.- Transformar el modelo de liderazgo centralizado en un modelo de liderazgo «mosaico». Es decir, cortar las vías de comunicación dentro y entre las instituciones militares y políticas, así como entre las instituciones estatales y el público. De ahí el ataque a las instalaciones administrativas, las sedes de seguridad y policía, el parlamento y la televisión. 3.-  Atacar la infraestructura de la industria militar, en un intento de impedir el uso o la renovación del arsenal estratégico de misiles. Es decir, agotar el arsenal estratégico de misiles y drones antes de alcanzar el punto de agotamiento estadounidense e israelí. 4.- Intentar agotar la economía iraní y transformarla de una economía de asedio a una  de guerra. 5.- Atacar las capacidades navales iraníes antes de su uso efectivo en el campo. Irán intenta: El resultado de la guerra se determinará por el de la carrera hacia los umbrales de resistencia y su superación. Sin embargo, la importancia de la resistencia de Iránen esta ronda decisiva radica en evitar una mayor expansión de la hegemonía estadounidense en la región. Washington tiene un historial de derrocar regímenes mediante golpes militares o guerras, lo que ha creado una percepción en el ánimo global de que la superioridad estadounidense solo puede enfrentarse con la rendición. Si Irán logra imponer un final determinado a esta guerra, abrirá el apetito de otros actores para intentar la «aventura» de romper la hegemonía estadounidense en el mundo. T/Publicado en Almayadeen

China: Las «dos sesiones» 2026 preparan terreno para inicio sólido de nuevo plan quinquenal

Con la llegada de las «dos sesiones» nacionales anuales, se espera que China envíe señales firmes y renovadas para impulsar un desarrollo de alta calidad, aprovechando un mayor apoyo político y reformista para garantizar un crecimiento económico estable y el progreso social. Un punto prioritario en la agenda es la revisión del plan rector de desarrollo para el nuevo quinquenio (2026-2030). Con las estrategias claras, un buen historial de implementación efectiva y un énfasis en la calidad por encima de la velocidad, la segunda economía más grande del mundo se encuentra bien posicionada para asegurar un inicio sólido de su XV Plan Quinquenal, que marca una etapa crucial para la consecución de la modernización socialista hacia 2035. Los planes quinquenales estratégicos e integrales son un sello distintivo de la gobernanza de China. A pesar de los numerosos desafíos y dificultades que enfrentó durante el camino, China avanzó con iniciativa y fortaleza durante los últimos cinco años, logró un objetivo tras otro y avanzó con paso firme en el camino de la modernización nacional. Durante las sesiones anuales del máximo órgano legislativo nacional y el máximo órgano de asesoramiento político de China se debatirán importantes medidas políticas para impulsar la demanda interna y construir un mercado interno sólido, impulsar la innovación científica y tecnológica y la autosuficiencia, profundizar las reformas y ampliar la apertura de alto nivel, entre otras prioridades. Estas medidas se combinarán para aprovechar al máximo el potencial de la economía china y catalizar nuevos motores de crecimiento en múltiples ámbitos. Hay muchos aspectos destacados que cabe esperar este año. En primer lugar, se espera que China priorice continuamente la expansión de la demanda interna para convertirla en un motor del desarrollo económico. El crecimiento cobrará un impulso nuevo y duradero gracias a la implementación exhaustiva de las iniciativas especiales para impulsar el consumo, así como a las medidas para aumentar los ingresos tanto urbanos como rurales y liberar el potencial del consumo de servicios. La transición hacia una economía más orientada al consumo fortalecerá los motores endógenos del crecimiento, a la vez que reducirá el impacto de la incertidumbre externa. En 2025 el gasto en consumo final contribuyó con el 52 por ciento del crecimiento económico de China, lo que representa un aumento de cinco puntos porcentuales respecto al año anterior. El consumo se perfila como un motor principal del desarrollo sostenible y a largo plazo de la economía china. Mientras tanto, el país impulsará la inversión mediante medidas como el estímulo de la inversión privada y un aumento adecuado de la escala de inversión dentro del presupuesto del gobierno central. La búsqueda de la prosperidad común por parte de China en su proceso de modernización, así como su énfasis en la inversión integrada en los activos físicos y el capital humano, impulsarán la vitalidad y el potencial tanto del consumo como de la inversión. Las mejoras tecnológicas seguirán traduciéndose en una vitalidad económica visible. Un espectáculo de artes marciales con robots humanoides Unitree en la Gala de la Fiesta de la Primavera de este año ofreció un ejemplo del impulso de la transición de China hacia un futuro impulsado por la tecnología. Considerando la autosuficiencia y la fortaleza en ciencia y tecnología como claves para la construcción de un gran país socialista moderno, se espera que China brinde un mayor apoyo a la investigación básica y la innovación. Mediante el impulso a la innovación tecnológica e industrial, el país desarrollará aún más nuevas fuerzas productivas de calidad e intensificará los esfuerzos para impulsar y expandir nuevos motores de crecimiento. La reforma sin duda impulsará el desarrollo de alta calidad de China. Este año se espera que el país avance en reformas en áreas como la construcción de un mercado nacional unificado y la inversión y financiación del mercado de capitales. Para 2029 China aspira a completar más de 300 importantes tareas de reforma propuestas en 2024, lo que impulsará con fuerza la modernización del país. La confianza en la trayectoria económica de China para 2026 también se deriva del compromiso del país con la apertura. Sus medidas para ampliar el acceso al mercado, con un enfoque en el sector de servicios, y promover la inversión extranjera y la cooperación de alta calidad a lo largo de la Franja y la Ruta, crearán enormes oportunidades para el crecimiento compartido. Con el objetivo de alcanzar el pico de sus emisiones de dióxido de carbono antes de 2030, se espera que China acelere su transición ecológica en todos los ámbitos, impulsando el desarrollo mediante redes eléctricas inteligentes y el desarrollo de las industrias de energía del hidrógeno y combustibles ecológicos, entre otras iniciativas. Ante los múltiples desafíos nacionales e internacionales, China se adherirá al principio general de perseguir el progreso garantizando al mismo tiempo la estabilidad. La firmeza es la señal más clara en un mundo turbulento. El nuevo plan quinquenal, que establece las intenciones estratégicas y las prioridades gubernamentales de China, arrojará luz sobre la continuidad de las políticas, explicando por qué China seguirá siendo, sin duda, un motor clave del crecimiento económico mundial y beneficiará al mundo mediante su modernización. T/Xinhua F/AP

¿Se encamina EE.UU. hacia el fascismo?

Mineápolis ha vuelto a ser un símbolo doloroso de la violencia estatal en EE.UU. El pasado 7 de enero, Renee Nicole Good, ciudadana estadounidense de 37 años y madre de tres hijos, fue abatida durante un control de carretera por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). El 24 de enero, Alex Pretti, enfermero de cuidados intensivos y trabajador del Centro de Asuntos de Veteranos, fue asesinado, de nuevo por agentes del ICE, mientras intentaba ayudar a una señora durante otra redada. Estas no son víctimas colaterales de disturbios, sino muertes ejecutadas por agencias federales en operativos dirigidos contra personas concretas. Y el lugar no es irrelevante. Mineápolis fue el epicentro de la revuelta antirracista de 2020 tras el asesinato de George Floyd por la policía local, un crimen grabado en directo que provocó la mayor ola de protestas en EE.UU. desde los años sesenta y puso el foco sobre la violencia policial estructural. Recordemos que cuando aquel estallido social sacudió al país, Donald Trump respondió con un lacónico y brutal «law and order [ley y orden]», pero esto no fue solo una consigna, sino una invocación a una genealogía política profunda. Medio siglo antes, George Wallace, el segregacionista gobernador de Alabama, había llevado ese discurso al paroxismo. Como recuerda Dan T. Carter en From George Wallace to Newt Gingrich, los mítines de Wallace eran liturgias violentas donde el culto a la patria herida, el odio a los otros y los llamamientos a disparar se fundían en un espectáculo sin disimulo. En 1968, en el Madison Square Garden, gritó: «En Alabama, el primero que coja un ladrillo recibe una bala en el cerebro». La tradición fascistizante de EE.UU. está incrustada en su ADN político. Desde el Ku Klux Klan hasta el Partido Nazi Americano de los años treinta —con actos públicos en ciudades como Nueva York—, pasando por milicias armadas contemporáneas como los Oath Keepers o los Proud Boys, el país ha albergado durante décadas un ecosistema reaccionario persistente. Y aquello que Wallace no logró institucionalizar, Trump lo está convirtiendo ahora en método de gobierno. Así, no es casual que, bajo su liderazgo, ICE haya ganado un protagonismo inédito, como brazo operativo de una forma nueva de gobernar que combina el miedo y el espectáculo. Sin embargo, EE.UU. no llega aquí desde la nada. La tradición fascistizante está incrustada en su ADN político. Desde el Ku Klux Klan hasta el Partido Nazi Americano de los años treinta —con actos públicos en ciudades como Nueva York—, pasando por milicias armadas contemporáneas como los Oath Keepers o los Proud Boys, el país ha albergado durante décadas un ecosistema reaccionario persistente. Ese universo, que combina supremacismo racial, culto a las armas y paranoia antigubernamental, no solo no ha desaparecido: se ha adaptado y fortalecido. Hoy encuentra expresión también en teorías conspirativas como QAnon, redes evangélicas ultra, «influencers» misóginos con millones de seguidores y medios que blanquean el odio. Es en esa base social y cultural donde se gesta el actual proyecto autoritario. Trump, en ese sentido, no inventa nada, pero sí lo capitaliza. Ya en el año 2000 intentó una candidatura personalista desde el marginal Partido Reformista, sin éxito. Fue su confluencia posterior con estos sectores —reaccionarios, desclasados y profundamente resentidos— lo que le permitió construir una narrativa capaz de condensarlos. Trump sigue jugando al antiestablishment, pero es parte del mismo: millonario, depredador, habituado al poder y vinculado a redes de impunidad como las reveladas por el caso Epstein. Bajo el lema «Make America Great Again», el proyecto MAGA articula un ideario profundamente reaccionario: nostalgia de un orden racial y patriarcal perdido, odio a las élites culturales, culto a la violencia y exaltación de la nación blanca herida. Su conexión con la tradición fascistizante no es meramente estética, sino estructural: promueve una visión jerárquica de la sociedad, deshumaniza al adversario y legitima el uso de la fuerza como vía de restauración del orden. Desde ahí, Trump logró capturar al Partido Republicano y cumplir su sueño (personal) de llegar a la presidencia. Durante su primer mandato, esta ofensiva pareció un fenómeno limitado. Pero el 6 de enero de 2021, el intento de toma del Capitolio demostró que aquello no era más que el prólogo de una reconfiguración más profunda. En su segundo mandato —el que atraviesa hoy EE.UU.— Trump, además, ha regresado con respaldo ampliado. Ya no es solo el líder de un movimiento radicalizado, sino una figura de consenso entre diversas fracciones que incluyen a sectores del capital financiero y tecnológico que antes se mostraban reacios. Trump sigue jugando al antiestablishment, pero es parte del mismo: millonario, depredador, habituado al poder y vinculado a redes de impunidad como las reveladas por el caso Epstein. Durante décadas, la oligarquía estadounidense no necesitó una dictadura abierta. Se sostuvo mediante una serie de mediaciones eficaces: el racismo estructural, que dividía a la clase trabajadora y legitimaba una violencia desigual; el anticomunismo como ideología nacional, que permitió perseguir toda disidencia y propuestas alternativas; y el mito del ascenso social, alimentado por el consumo, el crédito y una movilidad ascendente limitada, pero real. A ello se sumó un dispositivo crucial: la violencia proyectada hacia afuera. El consenso se desmorona. Y cuando eso falla, el capital necesita otras herramientas. Es ahí donde Mineápolis no solo es una ciudad golpeada, sino un ensayo general. Invasiones, guerras, golpes de Estado y sanciones permitieron a EE.UU. extraer recursos, aplastar gobiernos incómodos y mantener la cohesión interna mediante un enemigo externo funcional. Esa fórmula —represión hacia abajo, agresión hacia afuera, ilusión hacia adentro— permitió gobernar sin mostrarse abiertamente como un régimen autoritario. Pero todo eso ha entrado en crisis. Hoy, EE.UU. sufre un estancamiento económico estructural, inflación persistente, crisis habitacional, colapso de servicios públicos, endeudamiento crónico y pérdida de hegemonía internacional. El consenso se desmorona. Y cuando el consenso falla, el capital necesita otras herramientas. Es ahí donde Mineápolis no solo es una ciudad golpeada, sino un ensayo general. ICE actúa ya como policía política. La represión selectiva y

Venezuela: la primera línea del Sur Global

Detrás de la amenaza actual del imperio norteamericano contra Venezuela existen varios mitos construidos tanto por parte de la ultraderecha como por parte de otros que todavía tienen el descaro de llamarse ‘izquierda’. Sigue siendo muy impresionante el silencio cómplice del tal ‘progresismo democrático’ de tantos colores frente a estos últimos meses del matoneo diario de las Fuerzas Armadas estadounidenses en el Caribe. Las múltiples ‘izquierdas’ concebidas en las probetas de Soros y sus agentes, y formateadas para acabar con el marxismo leninismo cambiándolo por el iglesiasismo-boricismo, estuvieron ‘tan indignadas’ por el ‘fraude electoral’ en Venezuela que ni se inmutan frente a una nueva guerra en marcha contra los pueblos latinoamericanos. De entrada, descartemos la burrada de vieja excusa de la ‘lucha contra el narcotráfico’ en la que no creen ni sus propios autores. Incluso según organizaciones internacionales occidentales, solo el 5% de todas las drogas latinoamericanas se exportan desde la costa de Venezuela a los Estados Unidos y Europa occidental. De ese 5 %, alrededor del 70 % es incautado por las autoridades venezolanas. Es decir, estamos hablando de un 2 % o 3 % del tráfico de drogas. Es absurdo llamarlo una amenaza para Estados Unidos. Pero como en estos tiempos de la ‘posverdad’ ya ni siquiera se preocupan por construir mentiras más elaboradas, en Washington nadie se molesta por esforzarse y encontrar una justificación seria. No fue ayer cuando el Departamento de Estado se enteró de las riquezas petroleras venezolanas. Tampoco se enteró solo ahora de que el Gobierno bolivariano no es ni será más un perrito faldero regional al servicio del imperio. ¿Por qué entonces, justo ahora, se presenta la mayor amenaza militar contra Venezuela? El poder estadounidense ya no huele a azufre, como lo olfateó Hugo Chávez: desde la pandemia simplemente ya nadie tiene olfato. El Gobierno de Trump hiede a un dulzor mortecino que une las ruinas de Gaza con las sabanas de África y las estepas de Ucrania. Se sabe que ahora EE.UU. se está preparando para una gran guerra con China, porque entienden que política y económicamente no pueden con ella y lo único que buscan es su hegemonía global. Pero no siempre se entiende que esta guerra no sería solo contra China, sino contra prácticamente todos. Los graves acontecimientos políticos mundiales se están acelerando más de lo previsto y el peligro de una gran guerra crece con velocidad exponencial. Justamente es por eso que a Washington le importa tanto ahora mismo el control total de las mayores reservas de petróleo del mundo que tiene Venezuela. Ese es su objetivo geoestratégico urgente para lo que viene a escala mundial. Para analizar lo que pasa hoy alrededor de Venezuela, es necesario ver la situación en su contexto global. La preparación del ataque contra Caracas se arma desde la decisión de retomar el control estadounidense sobre todo el Caribe y la costa del Pacífico suramericano para impedir o prevenir cualquier actividad china en la zona, inversión en infraestructuras, comercio, tránsito, etc. Todo es parte de una guerra multidimensional, por eso Trump exige que se le devuelva el control del canal de Panamá, se instalan regímenes de derecha extrema fascista en El Salvador y Ecuador, en este último con posibilidad de nuevas bases militares, incluyendo a las islas Galápagos, se incrementan las amenazas contra Colombia y varias otras señales. No nos olvidemos de Cuba y Nicaragua, que junto con Venezuela no dejan de ser un blanco militar. La entrega del premio Nobel de la Paz a María Corina Machado ha sido especialmente representativo, ya que desmiente por completo el cuento del ‘conflicto interno’ entre los ‘conservadores tradicionalistas’ como Rubio o Trump y los ‘liberales demócratas’ globalistas como la mayoría de los líderes políticos de la Unión Europea. La comisión europea del premio Nobel y ‘liberal’ le entrega el premio a Machado para inaugurar una nueva etapa de agresión sobre Venezuela, planificada por los ‘conservadores’, ‘antiwoke’ y ‘antiglobalistas’ del actual Gobierno estadounidense. Al enterarse de este nombramiento, Trump declaró que no sabía quién era ella, «pero debe ser buena persona». ¿Alguien realmente cree que eso sea cierto? Y, si fuera verdad, ¿no es aún más peligroso que las decisiones de guerra y paz se tomen desde este nivel de la ignorancia? Sea como sea, el Nobel de la Paz para María Corina Machado es una señal de guerra contra Venezuela, consensuado unánimemente por todo el ‘occidente colectivo’, más allá de sus reales o fingidas divisiones. Mientras los voceros, funcionarios, periodistas y militares estadounidenses hablan cada vez más abiertamente de una «operación militar inevitable», las numerosas especulaciones y predicciones de todo tipo de ‘expertos’ no crean más que ruido informativo y una psicosis adicional. Citar en serio las declaraciones de Trump y sacar de allí conclusiones es una locura. La otra locura es divagar sobre los ‘escenarios realistas’ de las sangrientas improvisaciones del poder corporativo mundial de nuestros días.  Si Estados Unidos inicia esta nueva aventura criminal, con certeza se puede afirmar lo siguiente: 1. Venezuela resistiría con mucha más fuerza que lo que indican los expertos comunicadores del agresor desde las pantallas de sus computadoras. Cualquier control territorial sobre alguna parte de su territorio le costaría a EE.UU. enormes pérdidas humanas, por las que al final se le pedirá rendir cuentas a Trump, supuestamente siempre tan desesperado por su imagen electoral interna. 2. En toda América Latina una agresión militar contra Venezuela provocaría los sentimientos antiestadounidenses más fuertes de todas las últimas décadas. Habría no solo ataques a embajadas, atentados y sabotajes contra todo lo relacionado con Estados Unidos, sino también algo mucho más peligroso para el agresor: el fortalecimiento de la unidad continental contra el imperio, un crecimiento real de la conciencia nacional y antiimperialista entre millones de personas.  3. Entre los vecinos de Venezuela, independientemente del color político de sus gobiernos, todos tienen muy claro que en el menú del Departamento de Estado estadounidense sus países serían el siguiente plato. Ya ni siquiera se trata de llevar al poder títeres corruptos, a los que

China: el gigante que aporta crecimiento a América Latina

La República Popular China cumple 75 años de fundación este 2024, un tiempo que ha marcado un desarrollo increíble para todos los sectores, entre los que destacan ámbitos productivos, tecnológico y de relaciones bilaterales entre Estados, que permiten anticipar un mayor dinamismo en el intercambio comercial con países amigos, y en América Latina son varios los que toman el protagonismo en los últimos años. El Gobierno chino desde hace varios años ha hecho propuestas e implementado iniciativas que lo ponen al frente de la construcción de asociaciones que tienen el objetivo claro de impactar en el desarrollo de los países y pueblos, con la mirada puesta en el crecimiento integral, bajo el principio ganar-ganar. Y es que el país asiático ha puesto a disposición su avance tecnológico y experiencias a nivel productivo bajo un interés de crecimiento compartido y no de dominación como buscan los poderes imperiales de Occidente. El resultado lo podemos observar en la cantidad de países, no solo de Latinoamérica, que cada vez se suman a tener una relación de cooperación con China, teniendo como marco el respeto a la soberanía y la no injerencia en asuntos internos y un elemento fundamental: la aceptación del Principio de Una sola China, es decir, reconocer que Taiwán es una provincia más del territorio nacional. En ese sentido, hay dos ejemplos recientes en nuestra región, Honduras y Nicaragua. Con su llegada a la Presidencia, Xiomara Castro tomó una importante decisión en política exterior del Gobierno hondureño: establecer relaciones diplomáticas con China el pasado año 2023. Por otra parte, los gobiernos nicaragüense y chino celebraron el mes de diciembre del mismo año el segundo aniversario del restablecimiento de relaciones. La fecha fue propicia para que los presidentes Daniel Ortega y Xi Jinping acordaran elevar las relaciones diplomáticas a nivel de “asociación estratégica”. La Fundación de la Nueva China arriba a 75 años con miradas de admiración desde América Latina, por sus logros alcanzados y su capacidad de modernización, y con demanda creciente de mayor intercambio económico y de apoyo a proyectos clave para la prosperidad de los países de la región en vías de desarrollo. Para el cierre  de 2024 las estimaciones del Gobierno chino es que la economía tenga un crecimiento de 5 %, un número que coincide con las proyecciones de entidades como Goldman Sachs  y el Fondo Monetario Internacional. Una de las iniciativas que está marcando el relacionamiento con China es la Franja y la Ruta, una propuesta que cumple 11 años impulsada por el presidente Xi Jinping, y que tiene su base en la integración económica a través del desarrollo de infraestructuras marítimas y terrestres; proyectos que reciben la mayor parte de financiamiento por Beijing. “La Iniciativa de la Franja y la Ruta es una solución china a los problemas de desarrollo global, que apunta a promover la modernización en los países participantes en conjunto, hacer que la globalización económica sea más dinámica, inclusiva y sostenible y garantizar que una mayor parte de los frutos sean compartidos de manera más equitativa por los pueblos de todo el mundo”, señala una nota de la Agencia de Noticias Xinhua. Y en la realidad es así, no se trata solo de una teoría, China está demostrando que puede avanzar en su modernización interna y al mismo tiempo brindar beneficios de crecimiento a los países amigos mediante convenios con sus empresas estatales y privadas. Las calles de Beijing y de provincias como Sichuan, Hubei, Jiangsu, solo por mencionar algunas, dan muestra del desarrollo y la modernidad que experimenta el país, donde la producción local no solo contribuye al mercado interno, también está dirigida a la exportación y sus empresas tienen presencia en países latinoamericanos permitiendo el desarrollo de infraestructuras y aportando al crecimiento económico. El llamado “gigante asiático” ha estado sellando la historia reciente con su modernización que contrasta con su pasado milenario de experiencias y aprendizajes. En sus calles se evidencia el carácter trabajador de su pueblo, su cultura de respeto, amabilidad, una sociedad en la que el estudio tiene gran relevancia, la formación permanente, para garantizar tener un futuro de prosperidad ante un mercado laboral competitivo y para afrontar las tareas asignadas en cada espacio laboral. Con la mirada puesta en el año 2029, cuando se cumpla la octava década de la Nueva China, con la firme dirección del Partido Comunista de China, veremos consolidada la influencia de las iniciativas propuestas por el presidente Xi Jinping, y la superación de muchos desafíos que están planteados actualmente para integrar aún más a China con Venezuela, y más allá de nuestras fronteras, a la región latinoamericana y caribeña. Ante los hechos recientes, dado el interés elevado de China en América Latina, para lograr ese objetivo, el “gigante asiático”, también llamado “el hermano mayor”, seguirá abriendo sus brazos y estrechando las manos con países amigos para ayudar a crecer a las economías más pequeñas, a las economías emergentes, que tendrán a favor el aprovechamiento de sus propios recursos naturales y al mismo tiempo aportarán significativamente al desarrollo integral de China. En ese año seguro se abrirán las puertas de una nueva era y verán los Pueblos el resultado de la Asociación Estratégica A todo Tiempo y a Toda Prueba entre China y Venezuela. El 1 de octubre de 1949 se celebró solemnemente la gran ceremonia de Fundación de la República Popular China, en la Plaza Tian’anmen, Beijing. T/Freidder AlfonzoF/Cortesía-Referencial

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